La conocí en el Big Sur o cerca, trabajando en una granja de marihuana 12 y 15 horas diarias. Allí todos nos confundíamos entre nosotros. De alguna manera, pasábamos a ser españoles y nada más.

Al conocerla, tuve que esforzarme por seguirle el ritmo; aún la recuerdo pequeñita como era, con gorra, hasta arriba de cocaína y bailando mientras colgaba cogollos del techo del container con el porro meciéndose en la boca. Se reía como lo hacen los que disfrutan mucho; entrecerrando los ojos y formándosele grandes comisuras en la boca.

Una pirata moderna, crecida en los barrios y amparada por los movimientos revolucionarios. Yo imaginaba que habría nacido en una casa okupa. Sin saber por qué, la ropa deportiva y el color gris cemento de muros desnudos le iban como anillo al dedo. Podría haberse llamado Fortunata perfectamente.

Me enamoré de ella porque era todo lo que yo deseaba alcanzar. Era un jodido RedBull que beber a morro. Yo tenía dinero para pillar toda la cocaína del mundo, pero jamás me sentaría igual que a ella. Ni si quiera la necesitaba, se le veía en la mirada y en cómo irradiaba una extraña energía a base de carcajadas. Recuerdo haber pensado: “con mujeres así, el feminismo lo tendría hecho en unos pocos años o el mundo ardería hasta los cimientos”.

De alguna manera, parecía ser la dueña del lugar. Más tarde nos enteraríamos de que era una trabajadora como cualquier otra que, desde luego, mandaba plenamente en su vida.

Como éramos unos mercenarios, que nos vendíamos al mejor postor, mi amigo y yo nos fuimos de aquella granja en busca de otra que pagase mejor. Nunca volví a verla, pero cada vez que pienso en ella, sonrío. Espero que le llegue, allá donde esté, igual que le llegaba la energía fresca de las secuoyas gigantes cuando se perdía en el bosque de helechos