Conocí a Klaudenkoff en la base militar estadounidense de Rota. En aquellos tiempos yo estaba trabajando en un proyecto con mi amigo Christian. Christian era un artista plástico; un día se decidió a hacer una exposición conjunta con esculturas y fotografías donde se reflejase la mezcolanza de culturas entre EEUU y Cádiz. Me pidió ayuda con la fotografía y allá que fuimos.

Nos pasamos todo un verano intentando fotografiar la base para reflejar la vida típica de un soldado. Nos apostábamos en montículos, encima del techo del coche, en los tejados de algunas casas… Con el tiempo, los soldados norteamericanos nos pillaron. La primera vez que vinieron a interceptarnos fue toda una locura, recuerdo hasta 4 coches de la policía militar. Una vez les explicamos que éramos artistas, no espías, el asunto quedó en nada. Sin embargo, nos prohibieron seguir fotografiando la base. Así que, tuvimos que volvernos más creativos. Hay que decir que los soldados de la base estaban aburridos, se pasaban el día jugando a las cartas, haciendo ejercicio u oteando un horizonte donde nunca pasaba absolutamente nada. Al final, aquello se convirtió en el gato y el ratón. Nosotros nos escondíamos y ellos vigilaban las verjas, sin vernos, pero sabiendo que estábamos por allí lejos, observando, fotografiándoles. Así que empezaron a hacernos calvos, ponían caras o nos sacaban el dedo.

El día de la exposición los invitamos a todos. Invitamos a toda la maldita base; unos 900 soldados. Pero solo 25 tenían permiso. Quedaron fascinados, estaba todo. Cómo vivían, las máquinas juke box que hicieron de punta de lanza para introducir el rock n roll en Andalucía, los cafés tipo hamburgueserías de carretera… Además, estaba la escultura de Christian, en mitad de la sala, y todos orbitando alrededor de ella para ir apreciando las instantáneas. La cosa en sí parecía una especie pilares que sustentaban el hermanamiento entre culturas. Les encantó. Esa fue la noche en que conocimos a Klaudenkoff.

Klaudenkoff era el hijo del Sargento Klaudenkoff. Delgaducho y pálido como era, no parecía que fuese a aguantar una noche de juerga con dos gaditanos y 25 soldados. Claramente, no conocíamos a su padre. Después de toda una noche de parranda, de haber sido rechazados por muchas chicas y haber ido a pillar costo en un vehículo militar, acabamos en la playa, bañándonos en pelotas para bajar un poco el morado. Entonces, cuando solo pensábamos en dormir la mona y cada uno iba tirando para su correspondiente casa, sucedió. Klaudenkoff empezó a cagarse hasta en la virgen del pueblo; le habían robado su bicicleta de 1000 pavos. Aún cuando sería de lógica no dejar una bici tan cara en las calles de Rota, hay que decir que los americanos estaban acostumbrados a moverse por el pueblo con cierto aire de superioridad, como si fuesen los amos del lugar y no unos desgraciados expatriados a miles de kilómetros de casa.

La cosa era seria. La bici era un regalo de su padre, si el sargento se enteraba, lo crucificaría. Lo tomaría como una señal de debilidad, y Klaudenkoff ya estaba harto de que su padre lo tomase por un pusilánime. Daga igual cuántos chupitos pudiera tomar aquel cuerpo enfermizo, si no recuperaba la bici, estaba acabado.

Rápidamente, todos los soldados se retiraron a la base y no supimos nada de ellos en 3 días. Al cuarto, me encontré despertándome a las insultantes 7:00 de la mañana, mientras aporreaban mi puerta hasta la saciedad. Era Klaudenkoff, había sido imposible hallar ninguna pista. Por lo visto, el robo de una bici no era tan importante como para usar los satélites estadounidenses.

Klaudenkoff entró, se sirvió una taza de café y me recordó la noche de juerga, me recordó los abrazos infinitos, los chupitos codo a codo, los juramentos de amistad hasta la muerte… Al parecer, había hecho un nuevo amigo de por vida, o al menos, hasta que le recuperase la bici.

La primera parada fue obligatoria, un segundo café en el bar del pueblo. Luego nos pasamos por casa del bombilla. Iván tenía la cabeza demasiado grande, ¿qué queréis que os diga? El tipo no era amigo mío, pero en Rota todos nos conocíamos. Sabía que había robado un par de bicis, no iba a emboscarle, también sabía que él no trabajaba a los americanos, se cuidaba muy mucho de eso. Él conocía a un colega que conocía a… bueno, ya sabéis cómo va esto. Fue una pérdida de tiempo, nadie sabía nada, como era lógico y normal.

Klaudenkoff estaba cada vez más nervioso, su padre ya le había preguntado una vez por la bici. Se nos acababa el tiempo, así que decidí llamar a un amigo sevillano. El pavo había montado un negocio de bicis robadas cuando estaba de erasmus en lo que él llamaba el paraíso de las bicis; Amsterdam. Mi amigo nos dio lo que nos pareció la solucion perfecta, ahora solo era cuestión de llevarla a cabo.

El día del plan, o como Klaudenkoff lo llamó; el día “D”, estuvimos vigilando el objetivo con prismáticos militares desde diferentes localizaciones. El objetivo era una bici reluciente, recién comprada con los ahorros de Klaudenkoff, y atada a una farola cualquiera. El plan era simple, esperar a que el ladrón apareciese y se la llevase, seguirlo hasta el escondite, recuperar la bici robada y devolver la nueva. Así fue como la policía de Amsterdam pilló a mi amigo sevillano.

El plan salió a la perfección. Cuando un tipo se acercó al señuelo y miró hacia todos lados, sonreímos satisfechos, ya era nuestro. Al llegar a su casa, aquél pobre gaditano se encontró con 3 todoterrenos Hummer con ametralladoras en el techo, mi viejo Seat blanco, y Kladenkoff echando espuma por la boca mientras gritaba en inglés. El hombre, completamente en shock, empezó a gritar “¿pero esto qué es, Dios mío?” Yo, muy sereno, le contesté: “La maniobra Klaudenkoff.”