Salí de aquella fiesta completamente ido. No podía quitarme de la cabeza que ella estaría ahora haciéndole el amor a algún belga en una de esas casitas típicas con sus malditos escalones estrechísimos y el otoño siempre en la terraza.

Yo lo había intentado, juro por Dios que lo había intentado, pero la fiesta de halloween había terminado y yo estaba bajo la llovizna incesante del norte, haciendo por no morir mientras buscaba mi bici, que me llevaría a casa donde poder gritar, llorar y eventualmente, dormir.

Caminando y pensando. Me crucé con un belga y ambos nos reconocimos en el típico peregrinaje de vuelta a casa. Soltó algún berrido y yo grité alguna palabra en belga –se alquila o gracias, que eran las únicas que me sabía– con esa complicidad que se da entre los borrachos que deambulan solos por las calles. La calle era un gran teatro vacío. Las farolas; contraluces de alcohol, claroscuros de alcohol.

Llegué a mi bici, le quité el candado en un acto protocolario y me puse a pedalear sin saber muy bien hacia dónde. Solo quería salir de allí. Salir-de-allí. Jugué a pedalear lo más fuerte que pude a ver si conseguía dejar mi sombra atrás; fue inútil. Crucé algunos pasos de peatones sin mirar, comulgándome a la autodestrucción de quién no sabe sacar el odio de sí mismo, con la secreta esperanza de que algún coche me hiciera el trabajo sucio. ¡Bah! estábamos en Lovaina, aquí solo había bicis. Bicicletas por todos lados. Lo más grave que me podría pasar sería acabar en el hospital con un par de tiritas.

Tras un rato pedaleando, empecé a recobrar el sentido y a preocuparme, estaba completamente perdido. Les explico; Lovaina es una ciudad minúscula. En una noche típica saldríamos, nos emborracharíamos en los cientos de bares con cartas de cervezas interminables; luego, iríamos por las calles bailando y tirando bicis a los canales. Ya avanzada la noche, confiaríamos en “el anillo”. El anillo es el sobrenombre de la autopista que circunvala la ciudad; mientras no salgas del anillo todo va bien, es la máxima. Más allá del anillo, la ciudad sigue y se prolonga algunas decenas de kilómetros.

Yo vagabundeaba en mi bici, sin reconocer un solo edificio, confiando ciegamente en que seguía dentro del anillo. Me decía, consolándome, ya encontrarás algo que reconozcas, estamos dentro del anillo, todo está bien. ¡Pero claro que estaba fuera del jodido anillo! era mi sino de vida, estar fuera del anillo, siempre, bajo cualquier circunstancia.

Después de algunas horas pedaleando bajo la llovizna, sudando en el alambique en el que se había convertido mi cuerpo, apareció un furgón de la policía belga. Susurré bajito: “agua, agua”, como hacíamos en mi barrio cuando aparecía la pasma. Sin mayor remedio, me dirigí hacia ellos, haciendo un sprint en la bici hasta colocarme paralelo a ellos. Completamente inconsciente, empecé a gritarles y hacerle gestos para que bajaran la ventanilla. Los policías, visiblemente molestos, bajaron la ventanilla y me preguntaron qué demonios quería.

En ese momento, todo sucedió a cámara lenta; me di cuenta de que iba en una bici robada, 200 pavos de multa; borracho, 150 pavos de multa; además, no tenía luces de posición, 50 pavos de multa. Empecé a pedalear a toda velocidad. Nos encontrábamos en una gran avenida, así que empecé a callejear, el furgón tras de mí, y yo pedaleando cada vez más fuerte, mis muslos palpitando del dolor y yo gritando “¡agua,agua!” mientras me escabullía por un callejón. Llegué hasta el final y me di cuenta de que el juego se había acabado: era un callejón sin salida. Sonreí amargamente, pensando en que esto era lo que yo quería, todo el rollo de la autodestrucción que siempre me decían mis amigos. Lo había conseguido, y ahora que estaba ahí, ya no me hacía tanta gracia. Salté de la bici y me agazapé como pude tras un coche. Los faros halógenos, alumbrando toda la calle, cada vez más cerca y mi cabeza pensando a toda velocidad. Borracho en una bici robada, ¡maldita sea! esto era Lovaina, aquí se tomaban muy en serio esas cosas. Las bicis en la ciudad eran un tema en sí mismo, todo el mundo iba en bicis, recuerdo una vez que una mujer de 60 años me adelantó sin problemas en la cuesta empinadísima aquella, ¡y con la compra del supermercado atrás! Y se bajaron del coche y los oí caminar hacia mí. Me rendí, no había salida.

En ese mismo momento, un hombre salía de una de las casitas aledañas, en bata y dando pequeños sorbos a una taza de té. Recuerdo su sonrisa amable, saludando a aquél loco, agazapado tras un coche, bajo la lluvia en mitad de la noche; ¡maldita sea, aquél loco era yo! Lo saludé de vuelta y me levanté, dispuesto a afrontar mi destino. No lo podía creer, los faros no eran de la policía, era otro coche, era el coche de los amigos del tipo del té. ¡Había despistado al furgón! o quién sabe, quizá solo me persiguieran en mi locura calenturienta. Me vi ridículo. Caminar cabizbajo, recoger mi bici y entre llorar y reír un poco.

El belga en bata me preguntó qué ocurría, si tenía algún problema. Mi cara debió parecer un poema, pues me invitó a entrar y me preparó un café humeante. Estuve allí un par de horas, contando mis problemas de amores, cómo nos habíamos enamorado antes de la erasmus, cómo al llegar a Bélgica todo había sido un problema, cómo ella estaría ahora despertándose en la cama de otro y cómo había llegado hasta su puerta, escondiéndome de un furgón de policía inexistente tras el coche de sus vecinos. El belga se reía, yo me reía, sus amigos se reían y todos divertidos.

Al final, sin importar dónde estuviera ella, yo estaba aquí. Amigos, café y una buena historia que contar.