La maldita circunstancia del dinero por todas partes ha martilleado incesantemente a los hombres que se negaban a ser hombres. Al final, había que salir del paso, y como todos los ineptos sin estudios, delincuentes y demás desequilibrados, acabé en la plancha grasienta y requemada de un restaurante de la 1ª planta de la Fase.

Cuando uno entraba en aquella cocina se daba cuenta de inmediato de quién mandaba de verdad, y ese no era el jefe de cocina. Dou el malo era un cocinero de la antigua escuela, el soma había consumido su cuerpo y gran parte de su dentadura, haciéndole más amigable cuando se reía de lo que en realidad era. Llevaba una bandana que lo convertía en un pirata legítimo y todas las mañanas llevaba acabo el mismo ritual. Aquella mañana, mi primera mañana, no fue distinto. Entró en la cocina, cogió el contenido de una bolsa de plástico y la vertió sobre la mesa de aluminio. Con el cuchillo de abrir ostras cortó el polvo cristalizado, reservó la mitad y calentó lo restante en una papelina en los fogones desnudos de la cocina. Se chutó aquella sustancia, y ahora sí, empezó mi instrucción.

La primera vez que vi la plancha tuve claro que no la habían limpiado desde que la instalaron. El segundo día, una cucaracha que deambulaba despreocupada por el borde de la campana se cayó en la plancha patas arriba y empezó a achicharrarse. Recuerdo las patitas retorcerse de dolor y el chirrido que hacían las entrañas al hervir hasta que el caparazón acabó reventando.

La última imagen del día fue un jefe de cocina de hombros caídos, el tipo había viajado por toda la Fase y la escoria mayor la había encontrado en la planta 1. Desde la barra, entre carcajadas y cervezas, uno podía verlo al fondo, fregando el suelo repleto de grasa, repasando alguna cámara frigorífica, ordenando aquello un poco… Éramos, ciertamente, carroñeros. Aquella noche pude oírle sollozar mientras se cambiaba en el almacén. Después de un año habíamos roto al tipo. Lo habíamos doblegado, ¡claro que lo habíamos hecho! si nos habíamos doblegado a nosotros mismos. Hice una mueca, como esperando algún tipo de sentimiento. Nada. Concluí que la cocina lo dejaba seco a uno. Eso fue todo lo que pude sacar. Apuré la cerveza y grité un sonoro “que os den”. Cogí mi chaqueta sin despedirme de nadie y caminé lentamente hacia la puerta.

–¡Sed! Mañana toca producción, vente a las 10– gritó algún compañero. No contesté.

Llegué a casa, la puerta estaba entreabierta, y ya sabía lo que eso significaba. Estaba harto de que se colara así en mi casa pero, ¿qué podía hacer? La criatura me idolatraba, sin embargo, me había perdido todo el respeto. Dale de comer a una rata y te perseguirá de por vida, pero seguirá comportándose como una rata. Aún así, me alegraba de haberla rescatado de aquél asunto. Un par de amigos en la policía lo dejaron en “extrañas circunstancias”. Si la resistencia se hubiera enterado, ya la habrían alistado. A estas horas sería su jodida mesías; llevaban años de capa caída como yonkis, buscando cualquier cosa que pincharse en sus venillas sin fuerza, a ver si el movimiento resurgía.

–¿Que quieres, Xery? –¿Tengo que querer algo?– miré en derredor con un gesto cansado.

–No estoy, digamos… en las mejores circunstancias para tener visita.

–¡Tonterías!

–Xery, por favor, mi única intención es llegar a casa y descansar las piernas para que pase otro día. ¿Podrías… marcharte– Xery arrugó los morros– o quedarte muy callada y quietecita donde no pueda verte?

–Eres un perfecto mentiroso–dijo soltando una risita.– Sed está volviendo a las andadaaaas.

–¿Eh?

–¿Tú, cocinero? No me hagas reír.

–Estoy cansado de levantarme sin saber si será el último día.

–Pues si es cierto, la verdad es que te vendría muy bien morirte– miró en derredor– ¿En serio, Sed? Tu vida es un asco, joder.

–Estoy metido en algo.

–¡Lo sabía!–Xery se levantó de un brinco.– Le dije a los chicos que no podías ser tan patético.

–Gracias… supongo. ¿Cómo le va a Shivangi? ¿Ha conocido a alguien?–Xery río con fuerza.

–¡Oh, claro! ¿Qué esperabas, que te fuera llorando por la galaxia mientras arrestaba prófugos de la justicia?

–Joder, gracias por la delicadeza.

–Fuiste tú el que nos abandonaste, Sed. Sed se levantó y se dirigió a su cuarto. Al rato, volvió con un libro.

–Los mitos de Cthulhu. Es mi ticket de vuelta al mapa. Es un libro escrito hace mucho tiempo en un planeta a tomar por culo. Está fuera del cuadrante, se necesitarían permisos A1 para llegar allí. Ya tengo a alguien de dentro trabajando en eso.

–No entiendo, ¿qué tiene que ver esto con un cazarrecompensas?

–Los mitos hablan sobre una raza de Dioses que vivían en ese planeta hace milenios o algo por el estilo… Cthulhu es el rey de estos dioses menores. Por lo visto, hay un templo en las profundidades del mar donde está encerrado. Voy a por él, Xery, voy a cazar a Cthulhu.

–¿Eres retrasado?

–Hablo en serio. Cuando cace a Cthulhu, se lo entregaré a ellos. Tendrán que admitirme como a uno más.

–Es una misión suicida. ¿Vas a cruzarte todo el espacio solo por algo que un tipo escribió hace no se cuántos años?

–No es ficción, Xery, he hecho mis investigaciones, Cthulhu existe, hice una lectura energética de ese planeta. Hay algo, y es jodidamente denso.

–No es eso lo que me preocupa. ¿Cómo vas a contactar con ellos? No los conoces de nada, son solo una jodida leyenda. Te matarán.

–Es posible.

–Se lo diré a Shinvagi.

–Mi nave estará lista mañana por la mañana. Todo está hecho.

La despedí sollozando. Cuando salió por la puerta empaqué todas mis cosas y me largué. Al día siguiente vendría Shivangi, si me quedaba me convencería de que no lo hiciera.