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Somos un puñado de barbudos

mirando –ciegos– al gato blanco

del puente cuarto del canal.

A nuestros veintiunos existíamos;

en música, escritos y poemas.

Manufacturamos en forma de arte.

A nuestros veintiuno ya.

Ya habíamos visto todo el mundo,

ya habíamos surcado el Bósforo,

fotografiado el muro de Berlín,

emborrachado de Żubrówka,

Odiábamos Israel.

Odiábamos nuestros

propios estados.

No teníamos estados.

Vestíamos de segunda mano,

compartiendo nuestros despojos

con chicas tatuadas de septums,

que hilaban recuerdos vanos

con el brillo de nuestros ojos.

A mis amigos,

¿Qué les digo,

si se comieron el mundo a sus veintiuno?

Unos crearon una start-up en Amsterdam.

Otros fundaron una compañía de Teatro.

Aún recuerdo los primeros conciertos

y cómo triunfó la banda luego.

¿Y te acuerdas del refugio de pintores

en aquella casita al norte de Islandia?

También los había académicos,

estudiaron y llegaron a lo más alto.

Yo fui académico… pero decidí conocer.

Hacía preguntas y luego cogía lápiz y papel.

Escribía obras, novelas y hasta poemas.

Todo valía si era para responderlas;

las preguntas de la vida y las ansias

de mis veintiuno por querer conocerlas.

Yo escribía por las esquinas descascarilladas

en un piso de okupas en Berlín. Añoraba lo gris

que te podía dar Madrid y deseaba,

                              estuvieras aquí.

Reciclaba botellines de cerveza para vivir.

A nuestros veintiunos no nos importaba vivir.

No envejecíamos nunca –lo suficiente–.

El éxito era hacer lo que te diera la gana.

Atrás quedaban carreras y dogmas, eran otras

las influencias.

Recuerdo un cura y un dictador; buenos tipos.

Creían salvar el mundo, y pasaban largas horas

hablando y dictando, dogmatizando y ordenando.

Nadie los escuchaba. Si no se escuchaban ni ellos…

Creábamos conceptos inútiles por diversión,

imaginando el mundo mejor que nunca llegó.

Imaginando que nunca hubo más límite que yo.

Un atardecer en Berlín

vomité toda mi fantasía,

vendí aquella guitarra,

dejé la habitación vacía

y solté amarras de nuevo.

Volví al espejo del Sur.

Miré estos ojos violentos.

Notas sueltas de violines;

¿Y si me equivoqué?

¿Y si todo fue en vano?

¿Y si ella era parte de mi ser?

¿Y si el mundo explotase mañana?

No la habría vuelto a ver.

¿Y quién es ella?

Hay una historia, y es hueca.

Sale a flote con piano, de noche.

Escríbelo o enfréntalo.

Ella no es.

Nunca hubo amor en aquella habitación.