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La puerta es ancha

y se deslasca en verde,

con oxidadas tachuelas.

Rezaba hierático ,

un esbozo a navaja,

de algún ancestro mío.

Entrar era devorarse el alma,

hidratarse las carnes con cal

viva.

Una suerte de agujero rural

donde apuñalar en corto

tus miedos.

Entré como se come el pan;

a bocados.

Se reencontraron

tu silueta bajo las sábanas

y mis ganas de levantarlas.

Con una mueca de dolor,

y el cuello torcido,

quedé estático;

proyectando más allá de la puerta

la fuerza de lo que fuimos.