Clavado el cloque en tu costado

era cuestión de jalar con fuerza;

a borbotones la sangre espesada

y a bocanadas, volvías tus ojos.

Una vez en mi barco, desnuda,

empezaba tu despiece cárnico.

Y serramos y repartimos tu carne

tus pingües carnes abiertas.

Ahora yermas, y vacías de vida.

Aunque te empeñes en colear

tus entrepartes, tus miembros,

las subasté sin conocerte.

Y aquí estamos en este claro,

donde convergen tus órganos

mi clavo y tu piel incólume.