Black-dog-step-on-you

El individuo moderno vive esclavizado por su entorno más inmediato: la sociedad mediática. Somos la “Generación vacía”.

Con las necesidades básicas cubiertas aparece el componente emocional. Por doquier surgen libros de autoayuda, movimientos “New Age”, influencias orientales, cursos de coaching y demás propaganda para alcanzar la felicidad.

Estamos hastiados, desganados y sin motivaciones. Nada nos llena del todo, ni si quiera las cosas que de verdad nos apasionan, es como si hubiera algo en nuestro interior que subyugase toda nuestra realidad, algo “roto” que nos impide vivir.

Tenemos demasiado tiempo para pensar. La pregunta es obligatoria ¿Soy feliz? No. Si surge la duda, probablemente, esa sea la respuesta.

¿Qué es la felicidad?

1.– Un continuo: la felicidad y la tristeza formarían un continuo del cual serían opuestos el uno del otro. Se situarían en la misma dimensión y, la ausencia de una, en principio, indicaría la presencia de la otra.

2.– Un estado: la felicidad sería una dimensión aislada e indepeniente, podríamos estar felices, triste o ni frío ni calor, ya saben. Si es que se puede estar así, neutro.

Parece que la creencia popular y lo que pretenden vendernos es que, o estás feliz, o estás triste. No puedes ser una persona feliz con episodios de tristeza aislado. Ha de imperar uno de los dos sentimientos.

¿Somos felices?

No lo parece. Parece que la gente se mueve como autómatas en su día a día, sin tiempo para pensar si quiera en qué comemos. Y cuando nos paramos, descubrimos toda esa avalancha de sentimientos, los cuales, estábamos demasiado ocupados para atender.

Somos víctimas de una desconexión emocional grave, vivimos sin escuchar a nuestro cuerpo, demasiado pendientes de qué nos dice la sociedad, nuestros padres, el ego…

Estamos emocionalmente alienados. Estamos vacíos y necesitamos llenar ese hueco, profundamente arraigado en nuestro deep-self. ¿Con qué lo llenamos? con vicios. El vicio del S. XXI son las redes sociales. Mendigamos amor mediante la búsqueda constante de atención. Amor que nos negamos en casa,– nosotros mismos– lo buscamos fuera mediante “likes”.

Es esta una historia con final triste. Después de esa borrachera, que saca lo peor de nuestras entrañas, vienen los llantos desconsolados. Después de subir una foto, para aparentar, nos quedamos extraños y desolados, en la oscuridad de nuestra habitación, alumbrados por la pantalla del ordenador, viendo e intuyendo lo gratificante de la vida de los demás por sus fotos en las redes sociales.

Dos caras. Un mismo juego. Títeres que danzan sobre el escenario de la vida, sonrientes de cara al público, y dueños de el dichoso “black dog” al llegar a casa. Pasajeros de autobús, con las cabezas apoyadas en el cristal y la mirada perdida. ¿Qué repasaran sus mentes, obsesas y arrepentidas, una y otra vez?